Corrimos de prisa al elevador para verle cerrarse tras esa
señora de sombrero gracioso. La prisa se volvió insignificante, cuando
lentamente envolvió sus brazos sobre mi cintura, y tiernamente me besó. Muy
pronto me di cuenta que era la despedida,
que no era más que un dulce sueño, y que justo allí, era el momento de
despertar.
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