Tenía tanto miedo de haberle perdido, que cerré fuertemente mis ojos implorando al cielo estar equivocada, mientras cada sonido en el auricular del teléfono se hacía eterno, distante, aturdidor.
Cada segundo que pasaba quemaba más, dolía más, acortaba los latidos de mi corazón, hasta que apareció su voz para salvarme de ese abismo en el que inevitablemente sentía caer. No pude decir mucho, pues, cuando el corazón llora, es difícil que las palabras fluyan con libertad. En cambio fui feliz, porque aunque está claro que no sé qué hacer con él, tampoco sé, qué haría yo sin él.
